
«Yasmine of the Sea» en Palma: lujo, ruido y la factura para la isla
La superyate de 79 metros «Yasmine of the Sea» estuvo ayer en el Passeig Marítim: un brillo de acero y aluminio que dominó brevemente el puerto. ¿Qué le queda a Mallorca además de fotos de turistas asombrados?
Un regalo para la vista, una cuestión para la ciudad: «Yasmine of the Sea» en Palma
Ayer por la tarde, Passeig Marítim, calor de agosto, helado en la mano — y de pronto una sombra que cambió la línea de la costa conocida. La superyate de 79 metros «Yasmine of the Sea» estaba tan presente que incluso los paseantes habituales miraron dos veces. El barco brillaba, los fotógrafos se detenían, y los trabajadores del puerto se encogían de hombros: «Otra vez una», como ocurrió con la Silver Whisper. Pero, ¿es encogerse de hombros suficiente respuesta para una aparición así?
Lo que revelan las cifras — y por qué deberían preocuparnos
Los datos son simples: alrededor de 100 millones de euros estimados, espacio para aproximadamente 24 invitados y alrededor de 33 tripulantes, impulsada por dos motores diésel MTU con un total de unos 8160 CV. Velocidad punta cercana a 23,5 nudos. Propietario: un miembro de la familia real de Catar, Sajid Abdullah bin Khalifa Al Thani. A primera vista una proeza técnica, a segunda vista un símbolo de riqueza desigualmente distribuida — en medio de una ciudad que en verano ya lidia con gente, coches y calor. Algunos visitantes relacionan este fenómeno con la llegada de grandes barcos como la Explora II, que también suscitó debate público.
La escena más pequeña en el muelle: ruidos, miradas, la vida cotidiana
En el puerto se mezclan la bocina de un trabajador del muelle, el chillido de una gaviota y el leve clic de cámaras de móvil. Una pareja debatía si «esto encaja aquí»; un hombre mayor dijo solo: «Antes aquí había barcos de pesca». Escenas típicas: para unos la yacht es un reclamo brillante, para otros otro eslabón más del turismo de lujo desbocado que altera precios y espacios, y que conecta con debates sobre tradiciones urbanas como los que se han planteado en torno a Palma y las calesas. Los trabajadores del puerto comentaron cuántas veces entran y salen los equipos de servicio, cuánta logística requiere un atraque así — y qué extras suelen solicitarse: altos requerimientos de seguridad, discreción, pero también tratamientos especiales.
Lo que rara vez se ve en las fotos
Las grandes imágenes olvidan las pequeñas consecuencias: consumo y emisiones al maniobrar y permanecer sin conexión a tierra, el posible ancla de popa que daña praderas de posidonia protegidas, o la logística cuando varias superyates exigen agua, cambios de aceite y gestión de residuos al mismo tiempo. Esos costes suelen externalizarse — no aparecen en la cuenta del visitante, sino que recaen en la infraestructura del puerto, el medio ambiente y, a veces, en los residentes.
La pregunta central: ¿dar la bienvenida o endurecer las reglas?
La ciudad se enfrenta a una pregunta simple pero decisiva: ¿debemos seguir viendo Palma como un escenario acogedor para estos palacios flotantes — o como un lugar que adapta sus normas y tarifas a ese nuevo estatus? Ahora mismo se benefician negocios locales (servicios de atraque, empresas de limpieza, catering) y proyectos como el nuevo Club de Mar, pero ¿se benefician también los vecindarios que pierden aparcamientos y padecen subidas en los alquileres? La respuesta no está en prohibiciones generales, sino en normas inteligentes y bien pensadas.
Propuestas concretas — para que Mallorca reciba más a cambio
Algunas ideas que el puerto y la ciudad podrían estudiar de inmediato: suministro eléctrico en tierra (shore power) obligatorio en los amarres grandes para que no funcionen los motores toda la noche; tasas especiales más altas que se destinen a proyectos ambientales locales; reglas claras contra fondear en praderas de posidonia sensibles; registro transparente de los propietarios reales; y fianzas ambientales que cubran posibles daños. Estas medidas no impedirían que la «Yasmine» venga — pero sí garantizarían que la isla no sea solo espectadora, sino beneficiaria.
Un llamamiento al equilibrio
Palma está orgullosa de su puerto: combina trabajo, turismo y vida cotidiana, es escenario de amaneceres, paseos y conversaciones. Cuando superyates como la «Yasmine of the Sea» atraquen, generan atención — y responsabilidad. No se trata de envidiar el lujo, sino de preguntarse cómo proteger a la comunidad, el entorno y la infraestructura de Mallorca mientras la ciudad sigue recibiendo visitantes.
Así que: la próxima caminata por el muelle — ojos abiertos, oídos atentos y una idea en la cabeza: si vienen gigantes, que sea con reglas que fortalezcan nuestra isla y a su gente, no que la debiliten. La «Yasmine» quizá solo se quede unos días. Las decisiones sobre tasas, obligaciones ambientales y transparencia permanecen más tiempo.
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