
Sencelles salva un trozo del pasado: el municipio compra una cueva prehistórica
Por 36.000 euros el ayuntamiento de Sencelles ha adquirido la Cova del Camp del Bisbe. Una compra pequeña con gran impacto: arqueología, orgullo local y una apertura cuidadosa ahora figuran en la agenda.
Sencelles salva un trozo del pasado: el municipio compra una cueva prehistórica
A la entrada de Sencelles, donde en primavera se respira el aroma de las flores del almendro y en verano se oye el leve canto de las chicharras, esta semana en las tertulias de la plaza ha irrumpido un tema especial: el ayuntamiento ha comprado la cueva prehistórica Cova del Camp del Bisbe. 36.000 euros, dicen algunos, no es una fortuna. Para un municipio pequeño, sin embargo, es una señal clara: nuestra historia se queda aquí.
Cómo se realizó la compra
Sin el apoyo del Consell de Mallorca la adquisición apenas habría sido posible, cuentan desde el Ayuntamiento; la subvención abrió la puerta y la administración tomó la llave, como en casos recientes de compras públicas como la compra de Sa Bastida en Alaró. La cueva está al borde de un camino rural, enmarcada por paredes de piedra seca y almendros: un lugar que en un paseo hace viajar a otra época. Campesinos con zapatos polvorientos, ladridos lejanos y la rutina tranquila del interior: allí reposaba un fragmento de la historia de la isla que ahora pertenece al municipio.
Lo que cuentan los hallazgos
Las investigaciones arqueológicas acompañan a la Cova del Camp del Bisbe desde 2013. Los investigadores encontraron restos óseos y fragmentos de cerámica datados en la Edad del Bronce tardía, entre aproximadamente 1600 y 1050 a. C. Estos pequeños objetos pasan desapercibidos entre las hojas de almendro y la gravilla, pero su valor para la investigación es grande: aportan pistas sobre el hogar, la cría de animales y posibles prácticas rituales. Para los arqueólogos, estos yacimientos son piezas de un puzle de la vida cotidiana antigua, escrito en el polvo del lugar; trabajos recientes que muestran hallazgos sorprendentes, como Cisterna más profunda, mil fragmentos, refuerzan la importancia de preservar estos contextos.
Los planes del municipio — con cuidado y desde lo local
En el ayuntamiento hablan menos de proyectos espectaculares y más de medidas de protección: control de accesos, señalización y visitas esporádicas guiadas. No habrá flujos masivos, aseguran los responsables, sino visitas controladas y explicativas, quizá con escolares de Sencelles y alrededores. La idea es compartir el conocimiento sin agotar el lugar. Paneles informativos contextualizarán los hallazgos de forma clara y comprensible; las visitas podrían ser guiadas por guías locales o arqueólogos, que en otros proyectos han planificado recuperaciones por fases, como muestran intervenciones en el mar y la costa (Pecio romano frente a Can Pastilla: arqueólogos planean recuperación por etapas).
Para los vecinos esto supone más trabajo administrativo y de seguridad, sí. Pero también un nuevo sentimiento de orgullo. Quien toma el café en la terraza por la mañana ahora escucha más a menudo que es su cueva. Y esas palabras cuentan, dicen los vecinos, casi tanto como la cifra de la compra.
Más que un trozo de terreno — oportunidades para la región
La compra no es un gran museo ni un costoso proyecto de prestigio. Precisamente por eso tiene importancia: decisiones concretas como esta garantizan protección a largo plazo. La Cova del Camp del Bisbe se integrará en la ruta arqueológica Sencelles–Costitx, un valor añadido silencioso para la isla. Para el pueblo se abren posibilidades: actividades educativas para escuelas, un turismo cultural moderado para visitantes interesados en paisaje e historia en lugar de la fiesta. También son imaginables charlas por la tarde, pequeños eventos sobre arqueología insular o jornadas de puertas abiertas en la cueva, donde artesanos y agricultoras locales muestren cómo se vivía antaño; proyectos de reutilización cultural con objetivos educativos y turísticos se han impulsado en otros municipios, como en la Fàbrica Nova de Sóller para un museo textil.
Naturalmente queda la cuestión de los costes corrientes: seguridad, mantenimiento y posibles excavaciones futuras requieren financiación. Hace falta apoyo a largo plazo, voluntariado y alianzas con centros de investigación; así lo recuerdan también incidentes que ponen de manifiesto la necesidad de mantenimiento en el patrimonio, como Agujero en el tejado de la Cartuja de Valldemossa: llamada de atención para un barrio histórico. Si el municipio, los colegios y las asociaciones locales trabajan juntos, la compra puede ser más que la conservación de un lugar: puede convertirse en un proyecto colectivo de aprendizaje.
Es una asunción silenciosa pero eficaz de responsabilidad: contra el olvido, a favor del orgullo local. Y mientras el sol desciende tras las estribaciones de la Tramuntana y las almendras se tornan un poco doradas a la luz del atardecer, queda la certeza de que un pequeño fragmento de la historia de la isla ahora está seguro en manos municipales.
El ayuntamiento informará en las próximas semanas sobre las medidas de protección concretas y las normas de visita.
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