
Viviendas sociales en las Baleares: años de estancamiento — y cómo podría continuar
Las cifras oficiales muestran: entre 2012 y 2021 prácticamente no se construyeron nuevas viviendas sociales en las Baleares. Quienes quieran recuperar las viviendas perdidas necesitan algo más que buenas intenciones.
Viviendas sociales en las Baleares: años de estancamiento — y cómo podría continuar
Pregunta guía: ¿Por qué entre 2012 y 2021 se construyeron prácticamente tan pocas viviendas sociales — y quién paga el precio por ello?
En la madrugada en Palma, cuando las panaderías sacan las primeras ensaimadas y los furgones cruzan la Carrer de l'Argenteria, no se habla de estadísticas. Se escucha que una joven cuidadora sigue desplazándose desde Llucmajor porque no puede permitirse vivir en la ciudad. Ese es el lado concreto de un diagnóstico árido: las cifras oficiales del Ministerio de Vivienda español muestran que en las Baleares entre 2012 y 2021 prácticamente no se crearon nuevas viviendas sociales.
Además, las administraciones perdieron en el mismo periodo el control sobre miles de viviendas sociales anteriores, porque expiraron derechos de cesión temporales y esos inmuebles pasaron al mercado libre. Y: de todas las ventas de vivienda en 2024, solo el 0,11 por ciento correspondieron a nuevas viviendas sociales. En resumen: falta oferta, el parque disminuye y la nueva construcción en venta es marginal.
Análisis crítico: es demasiado simple explicar este resultado únicamente como un «fracaso». Pero destacan tres obstáculos estructurales. Primero: financiación insuficiente o incierta durante años; las cuentas públicas estuvieron cargadas tras la crisis y los instrumentos de apoyo quedaron paralizados. Segundo: el alto precio del suelo y una fuerte demanda turística, que para los inversores privados suele ser más lucrativa que la vivienda con protección social. Tercero: barreras legales y burocráticas en las adjudicaciones, el mantenimiento y la vinculación a largo plazo de las viviendas al mercado social.
Lo que a menudo falta en el debate público: la discusión se queda en titulares de culpabilización, pero no aborda el ciclo de vida de una vivienda social. Falta un inventario transparente: ¿qué viviendas que antes estaban clasificadas como sociales se han perdido, dónde exactamente y por qué? También falta un cálculo honesto sobre costes de mantenimiento, necesidades de modernización y viabilidad financiera a largo plazo; sin eso, cada nueva obra pronto volverá a ser un problema.
Escena cotidiana en Mallorca: en el mercado semanal de Santa Catalina las vendedoras muestran cestas llenas de naranjas. Una camarera se apoya un momento en un puesto, cuenta mentalmente las horas de su turno y se pregunta si podrá pagar la próxima renta. Estas pequeñas escenas no son casos aislados; muestran que la falta de vivienda, junto a largos desplazamientos y empleos inseguros, es algo muy real — lejos de porcentajes abstractos.
Propuestas concretas que aportan más que los discursos dominicales: primero, una política activa de suelos por parte de los consells insulares y municipios — liberar sistemáticamente solares municipales y solares en desuso para vivienda social. Segundo, cuotas sociales vinculantes en proyectos de nueva construcción, acompañadas de mecanismos claros de control para que no haya «suavizaciones». Tercero, un programa municipal de compra de viviendas vacías y de stocks similares a apartamentos turísticos con plazos de vinculación claros.
Otras medidas: crear un registro de vivienda transparente que permita seguir públicamente qué unidades están protegidas; introducir cláusulas de reversión o recuperación en ventas para que los inmuebles no se pierdan de forma permanente; y estudiar modelos de utilidad pública como los community land trusts, que desacoplan la especulación del suelo.
A corto plazo ayudan las ayudas al alquiler y subvenciones dirigidas a profesiones con presupuesto ajustado —pero eso sigue siendo parcheo mientras persista la falta estructural. Una tercera vía sería invertir de forma selectiva en nuevas construcciones modulares y energéticamente sencillas: menos lujo, más rapidez en la entrega y costes de financiación posteriores más asumibles.
Qué debe hacer la política ahora: disponer recursos y comprometerlos en plazos vinculantes, fortalecer la cooperación intermunicipal (para que la presión sobre Palma no recaiga solo en la ciudad) y endurecer las reglas que impiden la fuga de viviendas sociales al mercado libre. Sin esa combinación, la reconstrucción del parque será un proyecto permanente sin perspectiva.
Conclusión contundente: los datos son claros: años de estancamiento y casi nada de nueva construcción en 2024. Para Mallorca eso significa más desplazamientos, menos espacio libre y una silenciosa gentrificación. Quienes quieran resolver seriamente la cuestión de la vivienda deben pensar a la vez en política de suelos, financiación y vinculación a largo plazo. Si no, la madrugada en la isla seguirá siendo una franja horaria en la que muchos ya se marchan antes de que el día comience de verdad.
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