
Celler Pagès: Siete décadas de Mallorca en el plato
Celler Pagès: Siete décadas de Mallorca en el plato
En pleno casco antiguo de Palma, en una pequeña calle cerca de la Lonja, el Celler Pagès mantiene viva la cocina mallorquina desde 1956. Menú del mediodía, clásicos contundentes y ambiente familiar convierten el local en un punto de encuentro para locales y visitantes.
Celler Pagès: Siete décadas de Mallorca en el plato
Un rincón del casco antiguo, una cocina que despierta recuerdos
Cuando uno pasea por la estrecha Carrer Felip Bauzà en un lluvioso día de enero, lo primero que oye es el tintinear de los platos, el suave chapoteo de las gotas y, tras una puerta casi discreta, el murmullo cálido de las conversaciones. Allí, desde 1956, está el Celler Pagès: un local que se encuentra más si se busca que por casualidad.
La casa está a pocos pasos de la Lonja y del Consolat de Mar; cerca está Ca'n Ela en Palma. En el interior predominan los manteles a cuadros, sillas cómodas y paredes donde cuelgan antiguas herramientas campesinas como hoces y horcas. Este mobiliario sencillo no es un adorno; cuenta historias de origen y oficio. La familia propietaria regenta el restaurante ya en su tercera generación; José Antonio Amengual representa hoy la hospitalidad que muchos valoran aquí.
Lo que atrae a la gente no es la moda, sino la constancia. En la carta figuran platos que en muchos barrios de moda ya no se encuentran: sopas mallorquinas con verduras, tumbet con huevo frito, berenjenas rellenas, calabacines con un toque de miel, frito, chuletillas de cordero con patatas y pimiento rojo o, a veces, los contundentes pies de cerdo. A veces, una pequeña pizarra anuncia platos de temporada —estofado de calamares con sobrasada o alcachofas 'alla romana'—. De postre suele haber flan casero o manzana al horno, sencillo y acertado.
Un pilar importante de la casa es el menú del mediodía: por 18 euros se obtiene una ración completa de cocina tradicional sin florituras. Para los locales es una dirección fija: artesanos, comerciantes del barrio y empleados de la zona se sientan hombro con hombro con visitantes que vienen expresamente a comer, e incluso con opciones más exclusivas como chef privado en Capdepera. Especialmente en tiempos en que muchos locales tradicionales desaparecen, como muestran los reportes sobre la crisis de restaurantes en Mallorca, esta oferta asequible crea una especie de infraestructura social: un lugar donde encontrarse, comer barato y experimentar continuidad culinaria.
La cocina trabaja con productos de temporada; se nota en el sabor. Las verduras a veces quedan algo 'al dente', eso es honesto, no son congeladas, y demuestra que aquí se trabaja con frescura. La carta de vinos y bebidas es sólida, no espectacular: la casa pone el foco en la cocina. El servicio es atento sin arrogancia; el personal conoce a muchos clientes habituales por su nombre y sirve los pedidos con una mezcla de eficiencia y calma.
Lo que hace valioso a este local para Mallorca no es solo la comida. Es la conexión entre el espacio urbano, la memoria y la cotidianidad: una calle pequeña, rostros familiares, el ruido de un tenedor en el plato. Locales así evitan que Palma se convierta en un museo de postales y mantienen raíces. Además, ofrecen mercado para productores regionales, porque muchos ingredientes son locales y no provienen del gran comercio.
Mi consejo si va: pruebe el menú del mediodía, tómese su tiempo y esté atento a las pizarras en la pared: en las breves temporadas siempre aparecen preparaciones especiales. Las conversaciones en las mesas de al lado, el olor a ajo frito y la ligera lluvia que corre por la calle forman parte de la experiencia.
Mirando hacia el futuro: Quienes aprecian la cocina tradicional pueden ayudar visitando estos locales, comprando productos regionales y difundiendo sus historias. Así, en Mallorca queda más que un plato bonito: queda un sabor que sabe a casa.
Leído, investigado y reinterpretado para ti: Fuente
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