
Cuando el alquiler decide quién se queda: familia de Binissalem se muda al continente
Una familia de cuatro miembros de Binissalem abandona Mallorca —no por gusto, sino por necesidad económica. La historia plantea la pregunta: ¿quién puede permitirse ya vivir en los pueblos?
Cuando el alquiler decide la permanencia: familia de Binissalem se muda
A finales del verano, Sebastián, Claudia y sus dos hijos tuvieron que tomar una decisión que suena diferente a una aventura clásica: quedarse y vivir con renuncias —o irse y poder respirar de nuevo. En Binissalem, entre viñedos, el mercado dominical y el carrillón de la iglesia del pueblo, la búsqueda de un piso asequible ya no dio resultado. Lo que antes se consideraba "acogedor" hoy cuesta el doble; los pisos de tres habitaciones con suelo de piedra fría han llegado a rondar ya los 1.000 euros de alquiler mensual, como ocurre en Sóller: ninguna vivienda de alquiler por debajo de 1.100 euros. Algo que para la familia simplemente resulta insostenible.
Una mudanza como salida de emergencia
La familia no encontró la solución en Mallorca, sino en Castellón: una casa adosada con cuatro dormitorios, jardín y garaje por unos 400 euros al mes. Sin paseo marítimo ni vistas al mar —pero con espacio en la mesa para los deberes, una estufa de leña para verdaderos domingos en familia y aire en la cartera. No es por afán de aventura, dice Sebastián, sino por necesidad: el nuevo puesto de Claudia en un departamento de recursos humanos, colegios más cerca de los abuelos, menos tiempo de desplazamiento. La autocaravana "Posidonia" les sirve de cama en breves regresos en el aparcamiento; los paneles solares hacen su zumbido, la ducha funciona, y aun así duele la falta del descuento en el ferry: ese beneficio solo existe para las personas empadronadas oficialmente en la isla.
¿Es un caso aislado o la nueva normalidad?
La historia de esta familia no es un caso aislado. Cada vez más se oyen en bares y en la plaza del mercado decisiones similares: vendedores, profesores, artesanos que se retiran de los pueblos, como ocurre en por qué jubilados como María y Paco abandonan Mallorca. Más pisos turísticos, mayor demanda desde fuera, cómo los inquilinos extranjeros cambian los vecindarios, prioridades de riqueza en otros lugares —todo ello no solo cambia los precios. Por la mañana se oye menos mallorquín en las calles, por la tarde algunas tiendas abren solo en horas turísticas, y la horda de niños frente al colegio se reduce. Sebastián documenta esto en breves vídeos: menos risas infantiles, más carteles de "vacío" en edificios antiguos, pizarras con horarios en inglés. ¿Pequeños detalles? No: son las primeras grietas en el tejido comunitario.
La pregunta central es simple y urgente: ¿quién debe quedarse en los pueblos si las condiciones económicas exigen la marcha? Y: ¿qué responsabilidad tienen los ayuntamientos, el gobierno insular y los propietarios privados?
Aspectos que rara vez se discuten en voz alta
No se trata solo de los alquileres. Casi nadie habla de la burocracia que dificulta el retorno: el descuento del ferry, ligado al empadronamiento, golpea con dureza a los desplazados. Tampoco se discuten las consecuencias para los servicios locales: cuando las familias desaparecen, las escuelas cierran, las ofertas deportivas se reducen, las panaderías se convierten en tiendas de recuerdos; y cuando la escasez aprieta, surgen situaciones como Varias familias bajo un mismo techo. El cambio lingüístico también es un síntoma: si los niños estudian fuera, el mallorquín como lengua cotidiana se pierde —una pérdida cultural silenciosa que solo se nota al volver y entender menos que antes.
Y luego están los costes psicológicos: toda una generación crece con el mensaje de que abandonar la tierra natal es un acto necesario de supervivencia pragmática. Eso cambia la identidad y el sentido de pertenencia —cosas que no se recuperan tan fácilmente como comprar una casa en el continente; además, no suelen debatirse otros efectos colaterales, como los conflictos familiares cuando cuando los hijos se convierten en 'okupas'.
En concreto: qué podría ayudar ahora
Hace falta más que llamamientos. Existen medidas concretas —aunque políticamente incómodas— que podrían ayudar:
1. Fomentar la vinculación de alquileres a largo plazo: incentivos municipales para que los propietarios alquilen a residentes locales de forma duradera (reducciones fiscales, subvenciones para reformas).
2. Regular el mercado de pisos turísticos: límites y transparencia en los alquileres vacacionales para devolver al mercado local los pisos habitables todo el año.
3. Vivienda social y cooperativas: ampliar el parque de vivienda municipal y apoyar proyectos habitacionales con participación vecinal.
4. Ajustar las bonificaciones: vincular el descuento del ferry a las condiciones reales de vida —no solo a trámites burocráticos. Modelos que favorezcan a los desplazados facilitarían la vuelta y la residencia parcial.
5. Incentivos fiscales contra las segundas residencias: reglas claras para las viviendas vacías que reduzcan la presión sobre el mercado de alquiler.
Mirando adelante: la esperanza tiene nombre
Las ruedas son difíciles de mover. Pero hay lugares en la isla donde ayuntamientos y vecindarios prueban soluciones sensatas: se rehabilitan inventarios vacíos, se conceden ayudas a familias jóvenes y se transforman casas antiguas en proyectos de vivienda comunitaria. No es magia, sino trabajo político —con tiempo, dinero y la voluntad de proteger el sonido de los pueblos: el repiqueteo de las botas en la plaza, el zumbido de las cigarras, las conversaciones en el café que ahora a menudo se dan en español o inglés.
Para Sebastián y su familia la decisión fue dolorosa pero pragmática. Han ganado espacio en el continente —y la certeza de que Mallorca puede seguir siendo su hogar. La pregunta es cuántas familias más podrán elegir lo mismo. Si la política no actúa, al final será el alquiler quien decida quién puede ser mallorquín —y eso sería más empobrecedor que cualquier discusión sobre precios.
«Somos mallorquines de corazón», dice Sebastián. Suena como una promesa —y como un toque de atención.
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