El nuevo mercado navideño en el Parc de Sa Feixina ha abierto. Pista de hielo y un 'tobogán de renos' atraen a visitantes, pero las protestas vecinales y las estrictas restricciones musicales plantean dudas sobre su ejecución.
Mercado navideño en Sa Feixina: pista de hielo y tobogán de renos inauguran — pero la tranquilidad sigue siendo controvertida
Un mercado, mucho ambiente y reglas más duras para la música: ¿cómo encaja todo esto?
Ayer se inauguró oficialmente el mercado navideño en el Parc de Sa Feixina en Palma. Los puestos están ahora abiertos diariamente de 12:00 a 21:30, y como atractivo principal sirven una pista de hielo y una atracción anunciada como "tobogán de renos". La escena: filas de casetas entre palmeras, guirnaldas de luces a lo largo de los senderos, familias dispersas tomando cacao en el aire fresco de la tarde — y vecinos que han protestado durante largo tiempo.
El evento previsto no estuvo exento de conflictos. Tras numerosas quejas del vecindario, el ayuntamiento se comprometió a renunciar a la sonorización continua. La música ahora solo está permitida los viernes y sábados de 19:30 a 21:30 y no debe escucharse fuera del parque. Para las atracciones individuales rige una prohibición estricta de música.
Pregunta central: ¿puede un mercado navideño céntrico en Palma ser a la vez animado para los visitantes y compatible con la vida de los residentes? La restricción sobre el uso de la música muestra que el ayuntamiento intenta hallar un equilibrio — pero siguen abiertas preguntas prácticas.
Análisis crítico: la norma que establece que la música no debe ser audible fuera del parque suena sencilla en el papel. En la realidad, las condiciones acústicas en el Passeig Marítim y alrededor de Sa Feixina son complicadas. El sonido se propaga especialmente bien sobre superficies de agua y amplias promenadas; la dirección del viento y la actividad vespertina en el puerto pueden aumentar la difusión. Sin puntos de medición claros y controles periódicos es difícil verificar si se cumplen las normas. Además, la prohibición de música en las atracciones crea un contraste extraño: una pista de hielo vive de la ambientación, y muchos visitantes esperan música de fondo — ahora solo permitida en franjas horarias muy limitadas.
Lo que aún queda poco presente en el debate público son las cuestiones de la implementación técnica y del control. ¿Quién mide el nivel de ruido, quién documenta las infracciones? ¿Hay límites de decibelios fijados en la autorización y cómo se instruye a los distintos operadores? También se presta poca atención a la carga que supone el montaje y desmontaje y la logística de residuos — en un parque urbano, el continuo ir y venir de proveedores y equipos puede generar molestias adicionales para los vecinos.
Una pequeña escena cotidiana de Palma: a primera hora delante del mercado ya hay vendedores con mantas y cajas, dos mujeres mayores se sientan en un banco del parque y discuten en voz baja sobre la iluminación, una furgoneta de reparto aparca justo detrás de las palmeras y a lo lejos se oyen gaviotas y el tintinear de timbres de bicicleta. Son esos momentos de tranquilidad los que los vecinos quieren proteger — por eso su oposición no es un mero quejido, sino la expresión de un interés cotidiano concreto.
Propuestas concretas que deberían ponerse sobre la mesa ahora: primero, límites de decibelios claros con metodología de medición definida y registros de mediciones accesibles al público. Segundo, sensores de ruido fijos en el borde del parque que envíen datos automáticos al ayuntamiento. Tercero, señalización visible para operadores y visitantes que informe de los horarios y normas permitidos. Cuarto, un contacto vecinal, una línea directa o una persona responsable que pueda reaccionar de inmediato ante incumplimientos. Quinto, medidas técnicas: altavoces orientados para dirigir el sonido hacia el interior y pantallas absorbentes detrás de las zonas residenciales sensibles.
Además, los organizadores podrían considerar alternativas: más instalaciones lumínicas, pequeños actos en vivo con bajo impacto acústico en espacios y horarios regulados, o propuestas interactivas para niños que funcionen sin megafonía. Estas medidas mantienen la atmósfera sin poner en riesgo el descanso nocturno.
Conclusión contundente: el mercado navideño en Sa Feixina tiene potencial, pero simboliza un desafío más amplio en Palma — cómo dinamizar la vida urbana sin atropellar a quienes viven en ella. Las actuales restricciones sobre la música son un paso, pero no bastan por sí solas. Quien quiera conciliar paz vecinal y disfrute de los visitantes debe apostar por más transparencia, controles técnicos y comunicación — de lo contrario, una oferta festiva puede convertirse en un conflicto permanente.
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